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1858.- Falsos profetas

07/05/2016

Da miedo pensar a dónde nos lleva el desbarajuste político que hoy se vive en España. ¡Ojalá no se cumplan esas profecías manipuladas llamadas encuestas objetivas!

Para embadurnar la pléyade de falsos profetas, hay un cuento que me trae por la calle de la amargura. Se titula “La profecía autocumplida”:
"Imagínese usted un pueblo muy pequeño donde hay una señora vieja que tiene dos hijos. Está sirviéndoles el desayuno y tiene una expresión de preocupación. Los hijos le preguntan qué pasa y ella les responde: "No sé pero he amanecido con el presentimiento de que algo muy grave va a sucederle a este pueblo". El hijo se fue a jugar al billar y en el momento en que iba a conseguir una carambola sencillísima, el otro jugador le dijo: "Te apuesto un peso a que no la haces". Falló y todos se rieron, él también, y todos le preguntaron qué pasó ya que era una carambola la mar de sencilla. "Es cierto pero me llegó la preocupación de una cosa que me dijo mi madre esta mañana sobre algo grave que iba a suceder a este pueblo". Después de la carambola fácil no conseguida por el miedo a la profecía, viene la historia de Dámaso, la del carnicero, la de la clienta que acaparaba carne por si acaso, la de todo un pueblo paralizado por el miedo al calor, la del pajarito en la plaza, la del vecino muy macho que por si acaso abandonó el pueblo con toda su familia y sus enseres, la de los de “si éste se atreve, nosotros también nos vamos", la del desmantelamiento total del pueblo, la del "que no venga la desgracia a caer sobre lo que queda de nuestra casa" y quemó su casa ante la huida de todos los habitantes como si un éxodo de guerra.
En medio de aquella barahúnda, la vieja señora del presagio diciendo "¿Viste, mi hijo, que algo muy grave iba a suceder en este pueblo?”
Es un hermoso cuento del colombiano Gabriel José de la Concordia García Márquez, el amigo de Fidel Castro que escribió “Cien años de Soledad” y que se inventó el pueblo de Macondo, un territorio ficticio tan famoso como Tara, el lugar imaginario de “Lo que el viento se llevó”.

Así ahora Rajoy, Sánchez, Rivera, Iglesias, Garzón… y hasta los más de 40.000 madrileños que no quieren perderse el “acontecimiento universal” del 28 de mayo en el estadio de San Siro de Milán en la región italiana de Lombardía. Si el Real Madrid gana en ese lugar entre los Alpes y el valle del río Po, se habrá cumplido la profecía del “no hay diez sin once”. Si lo hace el Atlético, se cumplirá la de “a la segunda va la vencida”. Y si empatan, prórroga y a los penaltis.

Antiguamente se lanzaba una moneda al aire y, aunque la UEFA atribuye a un tal Karl Wade el invento de las tandas de penaltis para desempatar un partido de fútbol, la ocurrencia fue de Rafael Ballester en el Trofeo Carranza. La primera vez que se puso en funcionamiento sirvió para darle al Barça el triunfo sobre el Zaragoza. Fue en la final de 1962, el año en que se casaron Juan Carlos de Borbón y Sofía de Grecia. También cuando el papa Juan XXIII realizó la apertura del Concilio Vaticano II con un discurso que según dicen era de renovación, adaptación, diálogo y apertura.
En el revoltijo político de falsos profetas no valen las tandas de penaltis. Estamos en la prórroga del partido decisivo manejado por encuestas manipuladas y profecías atrabiliarias. De volver a repetirse el galimatías de imposibles pactos, habría que lanzar una moneda al aire o realizar un sorteo general aunque saliera elegido el tío Paco con la rebaja de la renovación, la adaptación, el diálogo y la apertura.

Atando cabos, hay que cuidarse “de los falsos profetas que vienen con vestidos de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces”. Lo escribió Mateo Leví, un recaudador de impuestos a quien Jesús de Nazaret llamó para que le siguiera como uno más de sus apóstoles.




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