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1520.- El cono pino de Toledo

08/12/2009



Creo que de Dionisio Ridruejo era aquel poema que decía: “Pino esbelto y tranquilo, soledad de la tarde, tan concreto en la libre desolación del aire”. Te lo dedico, alcalde, alcalde de Toledo. Por ese pino tuyo que emborrona la Puerta de Bisagra y que hace sonreír a los turistas y llorar a los poetas. Pino de trampantojo, feo como un demonio aunque vaya en honor del nacimiento de todo un Dios. Si no fuera por lo que es, lo arrancaría con mis propias manos aunque me electrocutara con los enchufejos de chichinabo que lleva engarzados en su cuerpo de pena sin gloria. Pino de mierda que ensucia la estampa sublime de la principal entrada a la ciudad de Toledo, enfangada en la desfachatez por culpa de un cono de plástico y cartón que quiere parecerse a un abeto navideño. Más falso que Judas, más feo que el campanero de Notre Dame.
Lo bello tiene siempre en reserva su última arma: la sorpresa. Lo feo, el asco y la repugnancia. Como creo en la belleza desde el punto de vista de la estética, te digo, alcalde, que tu cono pino del Miradero es como los martillos o cuchillos con que se han atacado obras de arte (La Piedad de Miguel Ángel, o la Sirenita de Copenhague, por ejemplo), una forma brutal de intolerancia a la belleza. ¿Quién te engañó, alcalde, para colocar en tan sublime lugar ese muñón sin gracia ni apostura? Si Toledo fuera la Esmeralda de Víctor Hugo, tu pino sería el Quasimodo, aquel deforme y feo jorobado que se encargaba de las campanas de la catedral de Notre Dame. Tus asesores de estética son el archidiácono Claude Frollo, el padre adoptivo del campanero.
Por hablar de tu cono pino, no hablaré de aquello que dijo Aristóteles sobre lo que ganan los hombres mintiendo, ya sabes, no ser creídos cuando digan la verdad (ya sabes a quien de los tuyos me refiero). Ese cono ridículo plantado como si abeto navideño frente a la Puerta de Bisagra convierte a Toledo en una ciudad hortera, quiero llorar.
Perdona la osadía, alcalde. Llega la Navidad y hay que perdonar hasta a los impertinentes que sólo tenemos el arma de la palabra. Lo pienso y anoto mientras tomo un café oloroso y calentito en el Bar Toledo, esa catedral laica que aún sigue viva en la plaza de Zocodover.

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