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2014.- El silencio del olvido

02/07/2018

En sus “Diarios 1932-1933, los cuadernos robados”, Manuel Azaña Díaz, un político, escritor y periodista español presidente del Consejo de Ministros y presidente de la Segunda República —Alcalá de Henares, 1880/Montauban, Francia, 1940—, escribió: “En efecto, no sucedió nada y en la noche del domingo al lunes he aprovechado los días sin sesión de Cortes para buscar algún descanso en las idas a la sierra, y prologándolas. Riofrío, Segovia, Sepúlveda, Turégano, Ávila… por todos estos sitios he andado”.

A ojo de buen cubero, cuando me pregunto el porqué de sus visitas a la Villa Episcopal, me viene el recuerdo del sacerdote y escritor tureganense Jerónimo García Gallego, un canónigo que por vicisitudes de su vida fue diputado de la Segunda República, conoció a Azaña personalmente y con él trató varios asuntos.

En las elecciones legislativas que se dirimieron por listas abiertas, la provincia de Segovia, que en los comicios municipales del 12 de abril se había decantado claramente por la coalición republicana, socialista y obrera, en esta ocasión apostó por el canónigo de El Burgo de Osma que recibió 14.573 votos en toda la provincia y superó a su más directo rival, el monárquico Rufino Cano de Rueda, que obtuvo 12.512.

Jerónimo García Gallego, que concurría como «católico, republicano y demócrata» pero independiente de los grandes bloques políticos, fue el candidato más votado en la provincia de Segovia que aportó al Congreso cuatro diputados: el independiente García Gallego, los republicanos Cayetano Redondo Aceña y Pedro Romero Rodríguez, y el abogado Rufino Cano de Rueda —en aquellas Cortes de la Segunda República, Miguel de Unamuno fue elegido diputado por Salamanca, y su cargo permaneció entre el 12 de julio de 1931, y el 9 de octubre de 1933 Ortega y Gasset fue elegido diputado por la provincia de León en la Agrupación al Servicio de la Republica.

Otros no vieron la cosa con tanto entusiasmo. Vicente Cárcel Ortí, un historiador y sacerdote valenciano autor entre otras obras de “La persecución religiosa en España durante la Segunda República (1931-1939)” esto dice del tureganense: “Aunque era culto, buen escritor y con excelente formación eclesiástica adquirida en el Colegio Español de Roma, sin embargo estaba considerado como un neurasténico. Por ello nadie tomaba en serio sus intervenciones parlamentarias, ya que tras abiertas afirmaciones de espíritu republicano, introducía en sus discursos ataques ciegos y apriorísticos contra el diario católico El Debate.”

Algunos le alabaron como a un genio. “Es lo más cumplido, lo más documentado, lo más trascendental, lo más profundo, lo más acertado que se ha escrito sobre los grandes problemas que entraña la crisis del Estado moderno. Ha resuelto, a mi modo de ver, el nudo gordiano, que hasta ahora no había desatado nadie en la dificilísima cuestión de las futuras vertebraciones del poder público, que se halla actualmente planteada con caracteres más o menos agudos o apremiantes en casi todas las naciones europeas, por no decir en las del mundo civilizado.” —esas palabras del gaditano José María Pemán iban referidas a uno de los intelectuales más preclaros que Segovia dio en el siglo XX, si no el más, y que murió en el silencio del exilio y de la marginación con un silencio más demoledor: el silencio del olvido.

“Buscad un poeta que ponga mis lágrimas en verso y tendréis hecho mi mejor discurso”. Con esa cursilada tan encantadora, inició su discurso grandilocuente aquel tureganense que en el año 1929 recibió de su pueblo el homenaje más entusiasta y multitudinario que un hombre de letras haya podido recibir de los suyos. “Tú que cabalgaste en la ancha grupa del corcel de las batallas del conde Fernán González y de Rodrigo Díaz de Vivar en larga carrera de triunfos y de gloria por las espesas selvas de laureles de los campos castellanos…”, señaló también el homenajeado, pero ¿quién no se vuelve algo hortera y cursi cuando hasta le vitoreaba Ramón Menéndez Pidal, por entonces presidente de la Real Academia Española: “Su obra ha despertado en mí vivísimo interés entre los que nos preocupamos del oscuro porvenir. Hemos leído con gran placer muchas de sus opiniones orientadoras en tan capital asunto y es muy consolador ver a este autor combatir ciertos errores de opinión que están en gran predicamento y que a muchos nos parecen tan descarriados como a él”.

Juan de Contreras y López de Ayala, el Marqués de Lozoya, un historiador, crítico de arte, periodista, escritor, poeta, novelista, político, funcionario y literato español —Segovia 30 de junio de 1983/Segovia o Madrid, no recuerdo, el 23 de abril de 1978— fue el prologuista del primer gran libro del tureganense: “Ha compuesto un tratado de política, en el cual se revela una poderosa originalidad de pensamiento, capaz de encontrar aspectos nuevos en muy viejas cuestiones, y de interesarnos, aún de apasionarnos por ellos; su fina intuición sabe penetrar el espíritu de los hechos históricos y sacar de ellos sabrosas enseñanzas”.

Al arte de ser feliz se le conoce con el nombre de “eudemonología” —lo recuerdo de cuando leía de pascuas a ramos “El arte de ser feliz” de Arthur Schopenhauer (1788/1860), llamado “maestro del pesimismo profundo”— la eudemonología, o derecho de los mortales a ser feliz, suele ampararse en “lo que uno es”, “lo que uno tiene” y “lo que uno representa” y, atando cabos, a Jerónimo García Gallego apenas se le recuerda ya en Segovia, la provincia a la que honró y a la que representó como diputado en el Parlamento Nacional Republicano.

Falleció en Cuba, a miles de kilómetros de su pueblo, y a pesar de que varios ejemplares de todos sus libros continúan en una estantería de mi biblioteca de Turégano, alguno de ellos sin guillotinar los cuadernillos, Jerónimo García Gallego hoy parece estar abandonado en el silencio del olvido.

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